[space_40] Sandham. [space_20] “¿Disculpe, señor?, ¿sabe dónde está la panadería?” El viejo nos miró como si nos hubiéramos materializado allí mismo, en ese segundo en particular, para hacerle esa pregunta. “En la siguiente calle a la derecha”, contestó, pero mi tío le insistió diciéndole que se refería a la otra, mientras yo me preguntaba cómo era posible que hubiera dos panaderías en un pueblo tan pequeño en una isla tan pequeña. “Ahh, la de la casa de mi abuela, esa está en la siguiente calle a la izquierda”. Aclaro que este fue el resumen que nos dió mi Tío, porque toda la conversación fue en sueco, que como bien saben es una lengua intuitiva y fácil de entender (modo irónico ON), excepto para David, que tiene el don de las lenguas (modo envidia ON).     [space_20] Pero no nos desviemos del tema principal, ¿por qué me llamó tanto la…

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[space_40]   El cascanueces de Ikea. [space_20] Durante mi infancia, más o menos cada dos años, la pequeña parte de mi familia que vive en Estocolmo bajaba a visitarnos a Colombia. Para mi, eran como viajeros del futuro que venían a mostrarnos las últimas ocurrencias de un lugar mágico llamado Ikea; todavía recuerdo a mi Tía Anita (la persona más sueca del mundo después de los miembros de ABBA) mostrándonos un abridor de tarros que se convertía en cascanueces. No sabía que eran las nueces, y por qué era tan importante abrirlas con el abridor de tarros, pero tenía la pinta de ser la cosa más moderna del mundo. Sí, un cascanueces, un aparato que bien podría haber sido inventado por los vikingos me parecía moderno, no, modernísimo.   Pero sobre todo, recuerdo los arenques. Además de traernos objetos del futuro, nos traían comida del futuro, y como somos tantos…

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